miércoles, 30 de noviembre de 2011

MONTEAGUDO, UN PATRIOTA SILENCIADO (texto completo de la Conferencia del Dr. Javier Garin en ex sede de UNASUR)

(Texto completo de la conferencia preparada por el Dr. Javier Garin para el homenaje por el 222 aniversario del nacimiento de Bernardo Monteagudo realizado en la Casa Patria Grande Presidente Néstor Kirchner -ex sede secretaría general de la UNASUR- el 29 de noviembre de 2011)


Buenas noches a todas y a todos:



Quiero agradecerles su presencia en este homenaje a quien fue un gran prócer americano, injustamente perseguido por la calumnia, tanto en vida como despues de su muerte, como dijera Ricardo Rojas. Esta actividad habla de un cambio de época, un renacer del interés por profundizar una conciencia crítica, popular y latinoamericana.



Agradezco a nuestros anfitriones, que nos abrieron las puertas de esta Casa Patria Grande, que lleva el nombre de nuestro querido compañero y hermano Nestor Kirchner, primer secretario general de la Unasur. No es casual que recordemos a Monteagudo en este ámbito, lugar de referencia para la discusión de ideas sobre la unidad latinoamericana, porque el gran patriota tucumano fue tambien el principal y más sistemático ideólogo de la Unión continental.



Agradezco, en fin, a los integrantes del Espacio Monteagudo, impulsado por jóvenes que han decidido reivindicar a este “patriota silenciado” enarbolando las banderas que Monteagudo defendió de libertad, igualdad, justicia social, rebeldía, unidad continental, anticolonialismo. Estos jóvenes, que se reconocen como integrantes del espacio nacional y popular, son la mejor desmentida a quienes siguen sosteniendo el mito de una juventud indiferente o despolitizada. Por eso son tambien adecuados continuadores del legado de Monteagudo, que se caracterizó por ser un joven comprometido con su tiempo y su pueblo.



JUVENTUD REVOLUCIONARIA



Lo primero que sorprende sobre la vida de nuestro homenajeado es que sus realizaciones, que fueron muchas e importantes, las hizo a una edad muy temprana, entre los 19 años y los 35 en que fue asesinado.



A los 19, siendo simple estudiante en Chuquisaca, aportó al naciente movimiento insurreccional el libelo protorrevolucionario Diálogo del Inca Atahualpa y Fernando VII, en el que impugnó con contundencia los pretendidos derechos de España a la dominación de América, demostrando que se trataba de una usurpacion basada en la violencia y la crueldad. Este libelo, que circuló manuscrito porque no se podía imprimir en ninguna imprenta, fue muy popular y se propagó por todo el continente, dándole un enorme prestigio, a pesar de su anonimato.



Al año siguiente, con veinte años, lo vemos como uno de los cabecillas de la revolución de Chuquisaca del 25 de mayo de 1809, junto a los hermanos Zudañez, el comandante Alvarez de Arenales, Lemoine, Moldes y otros patriotas, algunos que lo doblaban en edad. Conspirador y agitador de masas, en Sucre todavía se recuerda que Monteagudo no solo era ideólogo sino tambien activista repartiendo aguardiente mezclado con pólvora en la plaza para exaltar los ánimos. Por acciones como esta y por su recurrente apelación al pueblo bajo, a las orillas, la historia oficial de Mitre lo llamaría “demagogo”.



Habiendo escapado de una condena a muerte y de la cárcel, lo vemos al año siguiente como secretario político de Castelli durante la primera expedición al Alto Perú, redactando y leyendo el decreto revolucionario que proclamaba en Tiwanacu -ruinas milenarias de una civilización anterior a la incaica, bajo la invocación del “Sol de América” y a orillas del mítico lago Titicaca- la emancipación de los pueblos aborígenes.



En los dos años siguientes se convierte en el jefe del partido jacobino en Buenos Aires, nuclea a los viejos morenistas, publica fogosos artículos en La Gazeta, lanza el incendiario periódico Mártir o Libre (primero de media docena de periódicos que fundó a lo largo de toda América), preside la Sociedad Patriótica, se une a la Logia Lautaro, de la cual se convierte en uno de los cabecillas, y prepara con San Martin y Alvear el levantamiento que volteó al Primer Triunvirato y la convocatoria a la Asamblea del Año XIII.



Durante esta histórica Asamblea, dominada por la Logia Lautaro, Monteagudo es el cerebro detrás de las tentativas de declaración de independencia y dictado de una constitución, y de las normas que promueven la libertad de vientres, la abolición de la Inquisición, la prohibición de la tortura y la quema de sus instrumentos en la Plaza Mayor, la abolición de títulos y blasones, etc.



En 1817 lo encontramos ya en Chile, siguiendo los pasos de San Martín, ganándose la confianza de O’ Higgins y escribiendo el Acta de Independencia de ese país (aunque la historiografía chilena, por un nacionalismo mal entendido, pretende negarlo)



Acompaña a San Martín al Perú como su brazo derecho político, y es un creador y ejecutor de estratagemas de la guerra psicológica que condujo al derrumbamiento del poder colonial en Lima: una guerra sin balas, librada con una imprenta y con astucia, y que Rojas bautizó la “guerra mágica del Perú”. Ingresa con San Martín en Lima -el objetivo soñado por Castelli y por los patriotas de Buenos Aires y Caracas-, en medio de un terremoto metafórico –político- y un terremoto real que parecía evocar aquel verso del Himno Nacional Argentino: “se conmueven del Inca las tumbas”. Allí, es el superministro de San Martín, el alma del Protectorado y el artífice, desde la conduccion de dos ministerios, de la transformación revolucionaria de la sociedad peruana, hasta entonces centro de la contrarrevolución españolista. Se vanagloria de haber expulsado en pocos meses a casi diez mil españoles ultrarreaccionarios que monopolizaban el poder y las riquezas, porque “no se puede hacer la revolución con los mismos elementos que se oponen a ella”.



Retirado San Martín, no tarda en ser hombre de confianza de Bolívar, consejero e inspirador del Congreso de Panamá. Aún sabiendo el peligro que corría su vida, acepta acompañar a Bolívar al Perú, donde es asesinado por la daga de dos sicarios, pagados por sectores de la oligarquía peruana, a los 35 años de edad, cumpliéndose lo que él mismo había vaticinado: “Los que sirven a la Patria deben contarse satisfechos si antes de erigirles estatuas no les levantan cadalsos.”



Toda esta increíble actividad, siempre en primera fila revolucionaria, exponiendo su vida, la cumplió como vemos a una edad muy temprana. Y no provenía, como otros grandes hombres de la época –Bolivar, Belgrano, Alvear, Pueyrredon, O”Higgins-, de familias pudientes o prestigiosas que le allanaran el camino. Su padre era un militar de segundo órden, su madre una mujer de condición humilde; se atribuía a Monteagudo ser hijo ilegítimo o adoptivo y tener sangre indígena o negra: descalificación racista con la que tuvo que luchar toda su vida y que podría haberle impedido hasta realizar sus estudios. Alcanzó posiciones de tanta preponderancia, no por recomendaciones o parentesco sino por su talento extraordinario y firme decisión política.



LA DENIGRACION PÓSTUMA DE MONTEAGUDO



Este breve repaso nos lleva a preguntar: ¿cómo es posible que un hombre tan prolífico ocupe un lugar marginal en la historia oficial? Peor aun: fue blanco de una constante denigracion. Veamos:



Mitre, el padre de nuestra Historia oficial, lo llama: demagogo, tribuno exaltado, funesta influencia para San Martin, culpable de todos los desvaríos que el fundador de "La Nacion" atribuye a este último, terrorista por temperamento y por sistema, presente en todas las hecatombes de la revolución. El mote de “terrorista” ya provenía de sus enemigos políticos, Saavedra y Funes. Como se ve, esta descalificación a la izquierda popular no es un invento moderno.



Para Vicente Fidel Lopez era un sujeto talentoso pero siniestro, dominado por la vanidad y la ambición.



La misma condicion le asignan Barros Arana y otros historiadores en Chile atribuyéndole intervención en crímenes políticos que no se atreven a adjudicar a O Higgins.



En Bolivia, más allá del reconocimiento a su protagonismo en la revolucion chuquisaqueña, queda mezclado en la censura que la historiografía racista reserva a Castelli por haber querido emancipar a los indigenas, a los cuales muchos criollos pretendían seguir explotando igual o peor que los españoles, como efectivamente ocurrió en buena parte de la historia republicana de ese país.



En Perú no hay difamación que no se diga sobre Monteagudo, ya que la historia oficial fue escrita por los descendientes de la oligarquía limeña, la más corrupta y degradada de todo el continente, y a la cual Monteagudo combatió sin tregua, refiriéndose en sus escritos a Lima como “capital del imperio del egoísmo”, pues tenía una Corte más fastuosa que muchas capitales europeas y fue la única ciudad americana en que la Inquisicion encendió hogueras para quemar herejes. Pese a haber sido el primer gobernante efectivo del Peru independiente (San Martin delegaba en él la administracion del Protectorado) y de haber realizado una transformación extraordinaria en escasos meses, erradicando a los españoles, reformando los procedimientos y liberando a esclavos e indígenas, sólo se lo recuerda con una placa de bronce en la Biblioteca Nacional que él mismo fundó.



Incluso en una reciente reunión que tuve con el embajador venezolano, quien me invitó por mi libro a la embajada, este me decía que Monteagudo es visto en su país con recelo pues le atribuyen haber predispuesto a San Martin contra Bolívar, cuando la realidad histórica es justamente la contraria.



Se ha llevado la defenestración a la vida privada: José María Ramos Mejía, en su libro “Las neurosis de los hombres célebres…”, no hay vicio y perversión sexual que no le atribuya, comparándolo con célebres pervertidos de la antigüedad, además de llamarlo “jacobino histérico”, mente inestable incapaz de conservar sus ideas, hombre dominado por la vanidad, etc



¿Por qué tanta denigracion? Para comprenderlo es necesario examinar qué ideas defendía Monteagudo.



MONTEAGUDO LIBERTARIO:



Cuando uno lee textos de Monteagudo de diversas épocas de su vida, advierte que, lejos de ser inestable en sus opiniones, como dice Ramos Mejía, mantuvo firmes los ideales de su juventud, adaptándolos a los tiempos.



Su amor por la libertad era tan acendrado que escribía con mayúscula todas sus letras, y esta grafía es casi una firma de sus primeros escritos.



Formado en los filósofos de la Ilustración que había leído en las bibliotecas secretas de logistas en Chuiquisaca, y admirador de la Revolución Francesa –, en cuyo año de 1789 no por azar había nacido, pretendiendo parecerse física y mentalmente al joven y fogoso Saint Just-, Monteagudo consideraba fundamental la lucha contra toda forma de despotismo y de opresión. Libertad era entonces el equivalente a declaración de derechos y protección del individuo frente a los abusos del Estado y de los poderosos. Y en este sentido Monteagudo fue un difusor de los derechos humanos, como lo fueron Belgrano y Moreno.



Su enamoramiento con la Libertad, lo llevaría a hacerse una autocrítica, ya maduro, diciendo con ironía que había llegado a creer que toda forma de autoridad era nociva para la libertad.



Pensaba que la libertad era un bien al que había que sacrificar incluso la vida, y por eso tituló su periódico : “Mártir o Libre” y solía consignar en sus escritos (preanunciando a otro ilustre revolucionario argentino) disyuntivas tales como “la libertad o el sepulcro”, “libertad o muerte”.



En 1811, a pedido del Primer Triunvirato, interviene en la confección del decreto de seguridad individual, uno de los primeros antecedentes constitucionales argentinos, que prescribe elementales normas de protección frente al Estado, e insiste en su ratificación por la Asamblea del año XIII.



En Chile y Perú defiende estos mismos principios, promoviendo junto a San Martín respeto a los derechos, limitación a la arbitrariedad de las autoridades, nuevos procedimientos legales, mejora de cárceles para que dejen de ser “sepulcros de hombres vivos”, etc.



Pero no concibe jamás la libertad como bien individual. Su libertad es la libertad civil, que nace del respeto a la ley emanada de la voluntad general de los pueblos, y para sostenerse requiere de un orden social justo. De allí que enfatice que no puede ser libre quien tolera que el más humilde de sus conciudadanos sufra opresión, y que insista con que “ninguno es libre si es injusto”.



APOSTOL DE LA IGUALDAD Y LA JUSTICIA SOCIAL



Monteagudo desafiaba a los reaccionarios de su tiempo, afirmando que no es la igualdad la que altera el orden social y produce guerras y catástrofes, sino la desigualdad y la injusticia. “Solo el santo dogma de la igualdad –dice- puede indemnizar a los hombres de la diferencia muchas veces injuriosa que ha puesto entre ellos la naturaleza, la fortuna o una convención antisocial”.



Pero no solo teoriza sino que plantea una lucha política abierta contra los privilegios y la opresión. Es un fervoroso partidario de la emancipación de esclavos e indígenas, cuyo atroz sufrimiento en las minas de Potosí y en las encomiendas y plantaciones había visto y denunciado. Y es el redactor del ya citado decreto de emancipación de los aborígenes ordenado por Castelli el 25 de mayo de 1811, que establecía el fin de la servidumbre, de la mita, de los servicios personales a cargo de los indios y les permitía elegir libremente a sus caciques e incluso enviar representación al Congreso, así como acceder a los cargos públicos. ¡Doscientos años se tardó en que un descendiente de aquellos indígenas que acompañaron a Castelli y Monteagudo en Tiwanacu llegara a la Presidencia de Bolivia! ¡Vaya si estaban adelantados!



PRECURSOR DEL PENSAMIENTO NACIONAL, POPULAR Y ANTICOLONIALISTA



Como preanunciando a Jauretche, Monteagudo comprendió que la dominación colonial se perpetuaba en las cabezas, y se propuso combatirla tambien allí.



Pregonaba que era imposible alcanzar la libertad sin hacer una guerra a muerte a los “principios góticos”, que eran las ideas inculcadas a los dominados por los colonialistas.



Son numerosas las páginas en que analiza la dominación mental de América. “Los pueblos habían olvidado su dignidad y ya no juzgaban de si mismos sino por las ideas que les inspiraba el opresor”, observaba.



Gran parte de su prédica consiste en librar esa “batalla cultural”, como diríamos hoy.



Un eje de la misma era para Monteagudo la creación de una nueva autoconfianza del pueblo, de una nueva autoestima. Pueblos temerosos, decía, nunca podrán ser libres.



Por eso combatía el derrotismo y la admiración frenética y cholula por todo lo extranjero y trataba de inspirar al pueblo confianza en sus propias fuerzas, exhortándolo a ser constante en la lucha y repitiendo que el triunfo dependía de la energía de los propios americanos.



Sostenía siempre y en todo instante la primacía de lo político. Es cierto, decía, que nuestra suerte la decidirán las armas, pero la independencia no es sólo una cuestión militar sino fundamentalmente política, y es con políticas acertadas como se va a obtener el triunfo militar.



Dentro de la lucha ideológica formaba parte central la ilustración, la educación de las clases dirigentes y del pueblo. Monteagudo creía que un hombre ilustrado es magistrado nato de su patria y que tiene que contribuir a educar a sus compatriotas, porque “casi no hay crimen- sostenia- que no provenga de la ignorancia”. Y así se convirtió en uno de los principales promotores de le educación, fundando periódicos, bibliotecas, sociedades patrióticas.



Monteagudo fue precursor de un pensamiento nacional latinoamericano. Sostuvo que los americanos del Sur debíamos reflexionar con nuestras propias cabezas y no con las de los europeos: que no debíamos buscar nuestras soluciones en los sabios que a la orilla del Sena o del Támesis nos quieren decir qué hacer, sino en nuestra propia realidad. Aun cuando esos sabios quisieran ayudarnos en vez de volver a someternos al colonialismo, nunca acertarían, porque no conocen nuestra realidad, afirmaba. Proponía el desarrollo de un pensamiento e instituciones propios, frente a los copiadores de recetas al estilo Rivadavia (y todos los que después vinieron).



Todo esto formaba parte de su esencial anticolonialismo. A diferencia de otros titulados “patriotas”, Monteagudo no opinaba que la lucha terminaba con la expulsión de España. Una y otra vez advirtió sobre la codicia de las otras potencias europeas. Decía que los europeos se arrojaban sobre las riquezas de los otros continentes como leones de Libia, y llamaba a la unidad continental para hacer frente a cualquier invasión externa.



IDEOLOGO DEL CONTINENTALISMO.



La tensión entre localismo y continentalismo atraviesa toda la Revolución y en toda América.



Los patriotas más avanzados tenían una concepción continental, y esta fue tambien distintiva de la Logia Lautaro. Aun cuando los continentalistas trabaron alianzas tácticas con las burguesías, pronto se encontraron con que estas burguesías y oligarquías locales, aliadas a Inglaterra, no querían la unidad continental, pues en ella su poder se disolvía. Estos sectores querían seguir mandando en sus territorios como antes habían mandado los españoles: como si fueran “dominios privados”, para usar una expresión de San Martin. Inglaterra apoyaba y promovía solapadamente la tupamarizacion que facilitaría la dominación posterior, a la cual aspiraba, como dijo Canning con todas las letras y como efectivamente lo logró. Todos los continentalistas: San Martin, Artigas, Belgrano, O”Higgins, Sucre, Bolívar, tuvieron un fin desdichado, víctimas de golpes, asesinatos o exilio.



Monteagudo fue el más coherente y el más sistemático continentalista. Así lo reconoce Benjamín Vicuña Mackenna: “Un hombre grande y terrible concibió la colosal tentativa de la alianza entre las repúblicas recién nacidas y era el único capaz de encaminarla a su arduo fin. Monteagudo fue ese hombre. Muerto él, la idea de la Confederación americana que había brotado de su poderoso cerebro se desvirtuó por si sola”. Y el historiador mejicano Tornel y Mendivil agrega: “se ha atribuido al libertador de Colombia, Simón Bolívar, la gloria de haber concebido el importante designio de reunir un congreso de las Naciones Americanas (…) Mas la imparcialidad exige que se refiera que el primero en recomendar el proyecto verdaderamente grandioso fue el coronel Monteagudo”.



El propio Bolívar le dice en carta, reconociendo la autoría de la idea: “Es un gran pensamiento el de usted … el convidar a los pueblos de América a reunir un Congreso federal. El talento de usted servirá mucho en esta parte a la causa de la libertad, y yo doy a usted las gracias con anticipación por el bien que hará a Colombia.”



Monteagudo siempre sostuvo que no era peruano, chileno, argentino o colombiano sino americano. “Mi país es toda la extensión de América”, acostumbraba a decir.



La concepción continental fue motivo de debate desde el comienzo mismo de la Revolución. Ya en 1810, en su ensayo sobre las miras del Congreso, Moreno examina y descarta por prematura una confederación continental inspirada en el anfictionado griego, artículo que Monteagudo leyó cuidadosamente.



En 1811 Castelli expone a orillas del Titicaca su idea de que, vencida Lima, todo el continente debía formar una sola gran nación desde Caracas hasta Chiloé.



En 1812 los artículos de Monteagudo muestran constantes apelaciones a los americanos del Sud, como también lo hace Belgrano al enarbolar la bandera, no para una Argentina inexistente, sino para que América del Sud sea el “templo de la Independencia y la Libertad”.



En la Asamblea del año XIII se ve con claridad la pugna de las visiones localista y continentalista, a través de los dos proyectos de Constitución que encarga el Gobierno. El oficial es para las Provincias Unidas. El de la Sociedad Patriótica, que confecciona Monteagudo, es una CONSTITUCION PARA LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA DEL SUR.



En 1822 se celebran los tratados peru-colombianos, expresión de alianza entre las naciones que comandaban Bolívar y San Martín. En su confección intervienen Monteagudo y Joaquin Mosquera. Consagran la unión militar de ambos países y la intención de convocar al resto a una alianza superior.



Monteagudo, luego de afinar sus ideas continentalistas con la lectura de los escritos del patriota centroamericano José Cecilio del Valle, las expone a Bolívar, a quien ve como único posible factótum de este gran proyecto. Por encargo de Bolívar escribe su famoso “Ensayo de una Federacion General de Estados hispanoamericanos y Plan para su organización”, el que se encuentra inconcluso en su escritorio a su muerte.



Como inspirador y promotor del Congreso de Panamá, al cual no llegó a asistir a causa de su asesinato, comprendió la importancia estratégica de la unión de los pueblos hispanoamericanos. Esta abarcaba un aspecto militar como alianza ofensiva-defensiva para resguardarse de toda invasión de una potencia extranjera, y un aspecto político, ya que estaba destinada a fijar políticas generales, prevenir conflictos internos, y ayudar a la estabilidad de los nuevos gobiernos.



Uno comprende la grandiosidad y conveniencia de este proyecto cuando piensa cuánto habrían ganado los pueblos de nuestro continente si esta Unión se hubiera materializado ya hace doscientos años. Hoy seríamos una de las principales potencias del mundo en vez de habernos visto sometidos al colonialismo inglés y luego yanqui, a las dictaduras cipayas y a la entrega y saqueo de nuestras riquezas durante dos siglos.



Y se comprende también por qué la figura de Monteagudo, su prédica y sus ideas eran tan peligrosas, tan perturbadoras, para los personeros de la entrega y la tupamarizacion de América del Sur, cuyos escribas en el campo de la historia se encargaron de confeccionar los “grandes mitos nacionales” a conveniencia de las respectivas oligarquías de cada uno de los nuevos países. En esa “historia” mítica y falseada Monteagudo no podía figurar más que como una mala palabra, un “personaje siniestro”, víctima de ocultamiento, mentira y defenestración.



Sus ideas fueron retomadas por todos los grandes pensadores y políticos continentales. Sin ir más lejos, Perón promovió en su primer gobierno, en la línea monteagudeana, la estrategia del ABC, es decir, la unión de Argentina, Brasil y Chile como base para una futura unidad de todo el continente. Esta idea fue presentada por los agentes yanquis y los cipayos de turno como una evidencia del “imperialismo peronista” (¡!!!). Años después, Perón insistió una y otra vez con la necesidad de unión continental advirtiendo que una America Latina desunida no se podrá defender: “nos van a quitar las cosas por teléfono”, alertaba. Hoy diríamos “por mail”.



La visión de Monteagudo comienza a tomar forma en la UNASUR, uno de cuyos impulsores fue precisamente Néstor Kirchner, en cuya Casa estamos. Tocó, pues, a otro argentino el retomar en este siglo la antorcha del gran tucumano ultimado por sicarios hace doscientos años en una callejuela limeña, asesinato que conmocionó a Bolívar y San Martín e influyó quizás en la desnaturalización del Congreso de Panamá.



Esta parábola histórica nos impone a todos nosotros, a las generaciones actuales, el desafío de consumar, a la mayor brevedad, y de la manera más firme posible, la unidad continental, no sólo como deuda histórica sino como salvaguarda para nuestro porvenir.

Este es el mejor y más grande legado de Bernardo Monteagudo.

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